martes, 2 de noviembre de 2010

Sentir

Mirando al techo y cogido de su mano, las lágrimas corrían por mi rostro, cicatrizándolo de sentimientos a cada milímetro que avanzaban. Mi mente pensaba, mi alma se encogía y mi corazón se retorcía como si estuviera atado con alambres de espino. Sí, lo asumo, tengo miedo, mucho miedo. Miedo a no ser dueño de mi, a depender de esa mano a la que estoy cogido, miedo a quedarme otra vez helado de dolor, miedo a... sentir. Mi envoltura, mi coraza, ya no vale de nada, no me protege, no me ampara. Ahora desprovisto de mis defensas, de lo que me hacía sentir seguro, me aferro a esa mano, como si mi vida dependiera de ella. Estoy jugando con fuego y me acabaré quemando.